Un día, un joven abogado de la ciudad llegó con aire de soluciones y leyes. Traía, junto con papeles, la idea de modernidad que promete resolverlo todo con artículos y sentencias. Se reunió con ella sin alarde y escuchó. Al salir, lo hizo con la misma confusión con que había entrado: comprendía la teoría, no la textura humana que ella exponía. Más que convencer al joven, la bruja hizo algo que las normas no suelen poder: obligó a la gente a mirarse. Les devolvió preguntas incómodas: ¿Qué costaba aceptar otros saberes? ¿Qué derechos tenían la tradición y la experiencia frente a la eficacia de lo escrito?
A veces, la justicia oficial visitaba el pueblo envuelta en formularios y solemnidad. En esas ocasiones —cuando el mundo administrativo quería entender lo que no cabía en sus casillas—, la bruja aparecía como una clave incómoda. Había una vez que un conflicto por tierras llevó a la comitiva a su puerta. No dijo entonces mucho más que lo que la tierra misma gritaba: los surcos recién cortados, la raíz que asomaba sin permiso, los testigos mudos. Sus palabras no desarmaron un litigio en las oficinas, pero hicieron que unos cuantos regresaran a mirar sus manos sucias de tierra y a recordar que las decisiones, por muy escritas que estén, siguen necesitando contacto con lo real. la bruja pdf german castro caycedo
No faltaron, por supuesto, episodios oscuros. En noches de temor, algunos encendían antorchas y buscaban pruebas de aquel “trabajo sin título”. Si acudían derrotados, volvían con más dudas. Si encontraban ansias de venganza, la bruja había desaparecido por unos días, como una sombra que se aparta de la hoguera para no consumirse. La supervivencia de su oficio dependía, en parte, de su sigilo: no por misterio, sino por simple prudencia ante la facilidad con que la multitud puede trasformar la diferencia en persecución. Un día, un joven abogado de la ciudad
La conocí en una casa de paredes descascaradas, en cuyo patio crecía una ceiba que sostenía hamacas y confesiones. El pueblo la miraba con una mezcla de respeto y desprecio —los dos sentimientos que suelen hermanarse cuando la autoridad formal se siente incapaz de explicar lo que no comprende—. Sus días se organizaban en torno a pequeños ritos: una infusión de hierbas antes del mediodía; colocar sobre la mesa un plato con sal cuando alguien pasaba por enfermedad; acompañar con palabras sencillas a quienes arrancaban hojas del calendario por el fallecimiento de un hijo o por la pérdida de la cosecha. Al salir, lo hizo con la misma confusión
Al final, la verdadera brujería no residía en méritos sobrenaturales sino en una capacidad humilde y radical: la de escuchar y responder. Esa habilidad, tan rara en sociedades que prefieren etiquetar que entender, hizo de ella alguien imprescindible. No porque hiciera milagros, sino porque, frente a la fragilidad humana, ejercía una forma de saber que tenía efectos visibles: menos dolor en una noche larga, una cosecha salvada por una intervención a tiempo, una reconciliación que empezó por reconocer el nombre de una herida.
Decir que era bruja implicaba cargarla con toda una taxonomía de miedos ancestrales. Algunos le atribuían la fatiga de las reses en la llanura; otros, el alivio de un llanto atenuado después de su charla nocturna junto al fogón. Los curanderos con títulos y recetas desinfectadas la miraban de reojo; las vecinas, a veces, la buscaban en secreto para que les mezclara algo que calmara los cólicos o las livezas del tiempo. Nadie supo jamás si aquello que hacía era arte, ciencia popular o sencillamente la palabra precisa que enderezaba el hilo roto de una vida.